martes, 12 de agosto de 2008

Teoría Unificadora Total.

Cada mañana frente al espejo empañado del baño, las mismas insaciables preguntas acuden a tu cabeza, sin darte cuenta comienzas el juego eterno de interpretaciones, de conclusiones y de olvido y miedo. La comprensión se apodera de tu ser y como sombra presente, inexpugnable, el miedo transmuta en incógnitas.

Esperando en el paradero, te detienes, por primera vez en semanas te detienes, miras, contemplas el mundo a tu alrededor, la señora con el carrito de las sopaipillas incólume al paso del tiempo, intercambiando el fruto de su esfuerzo, por unos papeles que le permitirán dormir tranquila cuando arribe a su hogar. El sol irguiéndose por detrás de la cordillera, el bombero de la bencinera barriendo la vereda, mientras una estampida de vehículos irrumpen en el campo visual. Sin tener conciencia, el tiempo ha pasado y tu vista se ha posado en un árbol, reminiscencia de que estamos vivos y que no somos Dios, que existe un mundo más allá de nuestra presencia que se desencadena y perdura. Retomas el tratado ecológico que ha de cambiar el mundo y de solucionar los problemas de la humanidad; resulta tan sencillo, si todos vieran en sus corazones que nos pertenecemos, que nuestros destinos yacen bajo nuestras zapatillas último modelo, quizás y sólo así , abriríamos los ojos y descubriríamos que nuestras raíces no se encuentran en un papel fotográfica ni en un bit, sino que en el mecanismo de fotosíntesis de los vegetales, en despertar cada mañana sintiendo la inmensidad del mundo que nos rodea, en sentirse apabullado por la crueldad de la vida, porque no es posible vida sin muerte. Un bocinazo te retrotrae del estéril divagamiento… al parecer, la humanidad tendrá que esperar otro día para ver nacer la Teoría Unificadora Total.

Sentado en el asiento trasero de un auto, atraviesas Santiago a gran velocidad, encapsulado por vidrios plásticos y carrocería, observas nostálgico las vidas que quedan en el camino y que nunca conocerás, las historias que no llegarás a reír y llorar, los besos y abrazos que no disfrutarás, la ciudad se despliega a medida que la recorres y al mismo tiempo se distancia protegiéndose de ti.

A lo lejos escuchas un ladrido y sabes que finalmente estas pisando territorio familiar, seguro. Son las cinco de la tarde y al tratar de recordar te das cuenta de que no sabes en que has ocupado el tiempo que te pertenecía este día, por mucho que fuerzas, solamente logras recordar imágenes borrosas de aulas vacías e idiomas ininteligibles, roces, saludos y lo más inquietante, rostros sin nombre que sin embargo, te llaman por el tuyo.

Al final del día te presientes desdichado, tu vida lleva un ritmo que no es el tuyo, y tus pensamientos pretenden tanto liberarte como encarcelarte, ¿a quién creerle? Ni siquiera estás seguro de estar despierto. Consciente, tendido en tu lugar seguro, descubres la verdad que tú espíritu ha estado esperando escuchar durante el transcurso del día, te das cuenta de que te encuentras en borde de un precipicio, por un lado está el sendero que lleva a la Universidad, los amigos, la familia, el trabajo y la jubilación. Por otro lado se encuentra el desfiladero, profundo y sin fin, en donde todo el incierto e inquietante, el único camino posible es dejarse caer en caída libre, sin la posibilidad de aferrarse a algún arbusto o roca, es un camino obscuro, solitario… y termina en la muerte.

…¿Qué decides?...

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